sábado, 21 de abril de 2012

Eduardo Galeano: “La realidad es una contradicción incitante”

Anticipando su visita a la próxima Feria del Libro en Argentina, Galeano habla de su nuevo libro, de la reconstrucción del Uruguay a través de la memoria, del imperio de los miedos y de la maravillosa costumbre de caminar Montevideo.

Miguel Russo / Miradas al Sur

Dice Eduardo Galeano, sentado en su café de siempre, El Brasilero, mientras Montevideo pasa frente a la ventana en una tarde de bancos y trámites y caminatas: “Voy a Buenos Aires dentro de unos días a leer unas cuantas historias de esas que me han contado los hijos de los días. Y ellos, que son sabidos, me han dicho que la Feria de allí es el mejor lugar de encuentro de los libros queridos y la gente queriente. Y también voy por el placer personal de leer en voz alta y sentir que recibo de vuelta, multiplicadas, esas vibraciones. Leyendo en voz alta confirmo que la literatura puede ser pariente, aunque sea un pariente pobre, de la música, y que las palabras pueden escaparse de las páginas para ser música por un rato. Y es lo que a las palabras más les gusta”.

Eduardo Galeano viene de caminar, él también, esta Montevideo, como él mismo la define “tan caminable”. Paradójicamente (o no tanto), cuando Galeano se sienta en El Brasilero, no deja de caminar sus historias. La de este mismo bar, por ejemplo. O la de la derrota y victoria de este bar: “Un tipo, un presunto comprador italiano de este bar, se llevó en una larga noche, amparado por los milicos, toda la madera de roble de los pisos, todos los muebles. Dejaron un gran agujero aquí, se llevaron todos los vidrios, los espejos, no dejaron ni una cucharita. Pasó el tiempo y una pareja de arquitectos que amaba el café decidió emprender la reconstrucción. Con este café pasó lo mismo que con Leningrado, esa ciudad que la gente reconstruyó en base a fotos, dibujos, recuerdos. El Brasilero fue reconstruido por la memoria de los que lo queríamos”.

–¿Cuándo empezó a parar en este café?
–Cuando trabajaba, a fines de los ’50 y principios de los ’60, acá a la vuelta, un edificio enorme donde ahora hay un ministerio, y donde funcionaba el semanario Marcha, que dirigía Carlos Quijano. Nos escapábamos de la redacción y veníamos en banda a charlar.

–¿Extraña aquella Montevideo?
–Sí, extraño algunas cosas. Otras se mantuvieron. Lo que pasa es que las dictaduras militares no pasan en vano. Nos hicieron mucho daño, más del que sabemos. Porque se habla de lo más obvio que es el daño físico, los torturados, los desaparecidos, pero también están los daños invisibles.

–Las juntadas, las charlas, las escapadas al café, lo cotidiano...
–Exacto, el daño a la palabra. No hay estadística que las mida pero la ciudad donde nací y me crié, esta Montevideo, era una ciudad donde la palabra era sagrada. Nadie firmaba contrato por nada, pero nunca nadie fallaba a la hora de pagar. Durante todos los años de la dictadura militar el país entero fue obligado a mentir cotidianamente, había que mentir para sobrevivir. Y la palabra perdió valor. Con el paso del tiempo hasta cierto punto se recuperó, pero está muy lejos de ser lo que era.

–Perdió valor o cambió de significado. La cárcel de Montevideo llamada Libertad es un paradigma de eso…
–La cárcel Libertad, por supuesto. La verdad que la dictadura uruguaya fue campeona del mundo en tortura. Hay algo en lo que no mentían, al contrario, lo mostraban: era la composición cívico-militar de la dictadura. Cuesta mucho aceptarlo. Se piensa que era una coartada que los militares usaban para enmascararse, pero en realidad fue cívico-militar. Acá hubo dictadura militar con la complicidad de políticos muy importantes. Y eso dañó al país, nos obligaron a mentir para sobrevivir.

–Dentro de ese horror, hay una anécdota del documento con el que usted se movía por el mundo en el exilio…
–Como yo no tenía documento recurría a las Naciones Unidas para renovar permiso de estadía en Barcelona todos los meses. Entonces me dieron un documento cruzado en la tapa con dos rayitas negras que era el que le daban a los terroristas, con lo cual cada vez que viajaba me sacaban de la cola para interrogarme. En esa época, yo viajaba mucho para hacer conocer el horror que se vivía en América latina. Cosas que muestran cómo la realidad es una contradicción incitante. En esas condiciones, viajar con el pasaporte que tenía las dos rayitas negras no era lo más cómodo del mundo. Una vez, al llegar a México, me dijeron que tenía que hablar con la directora de inmigración, una señora policía mexicana que me dijo “usted no puede entrar porque mintió, llenó un formulario falso”. Le pregunté que quería decir. Y me dijo que donde pedían nacionalidad yo había puesto uruguayo. “En realidad, usted es apátrida, así lo dice su documento”. Apátrida, y yo sin saberlo. Yo pensaba que apátrida era la dictadura militar, una dictadura obediente que obedecía lo que venía de afuera. “Le prohíbo las ironías”, me increpó la señora. Nunca iba a poner apátrida, así que le avisé a un amigo que conocía al canciller de México y me vinieron a rescatar de las garras de esa mujer policía. Pero volviendo a lo de la mentira, este país fue dañado en su confianza en el otro.

–¿Se recuperó esa confianza?
–Hasta cierto punto. A veces me cuesta reconocerme en los demás, pero creo que se pudo salvar buena parte de lo que éramos. Es como este café que pudo resucitar por sus clientes querientes. De alguna manera, el país se va reconstruyendo porque, de algún modo mágico, la gente supo guardar la memoria de lo mejor que habíamos tenido.

–En esto de rescatar la memoria, escribió Uruguay, el continente, el mundo entero. Yendo de lo enorme a lo pequeño, ¿este café no es un libro, un libro que tendría que escribir?
–Quizá no necesite que yo lo escriba para ser un libro, porque ya lo es. La verdad es que los cafés fueron muy importantes para mí, éste y otros de Montevideo, de modo que si escribiera ese libro sería un texto de gratitudes a los cafés que fueron mi universidad. Aprendí en los cafés el arte de contar, escuchando a los grandes narradores orales y anónimos. Me las arreglaba, porque era muy jovencito, para colarme en las mesas y escuchar historias. Aquí aprendí a escuchar dos veces antes de decir una, a recordar que tenemos dos orejas y una sola boca. Aprendí que para no ser mudo hay que empezar por no ser sordo.

–Hablando de gratitudes, ¿quiénes son sus escritores uruguayos predilectos?
–Tengo una deuda de gratitud personal con Mario Benedetti y con el gordo Martínez Moreno que me ayudaron mucho. O con Paco Espínola, que también me estimulaba: “Vos sos una alegría del páis”, me decía. Y con otros que me ayudaron mucho leyéndolos nomás. Pero el más importante para mí fue Juan Carlos Onetti. Me enseñaba callando, ya que era de poco hablar y de mucho fumar. Era difícil para él encontrar quién lo acompañara en el consumo de ese vino de cirrosis instantánea que tomaba, y yo, que en esa época tenía 17 ó 18 años y un hígado de acero, era el ladero indicado. Me quedaba horas sentado a su lado mientras él estaba en la cama, fumando. Y de vez en cuando largaba alguna palabra y yo aprendía. También me peleaba. El viejo jodía mucho con que él escribía para él. “Yo escribo para mí”, decía. Entonces le propuse un pacto: que me diera todo lo que había escrito en esos días, yo lo ensobraba y se lo mandaba por correo a su casa de la calle Gonzalo Ramírez. Le dije que al recibirlo y leerlo se cumpliría el circuito.

–¿Y aceptó?
–Se puso furioso, me echó. Pero tres o cuatro días después me llamó: “Se puede saber qué carajo te pasa que no venís”, me gritó por teléfono. Después hay otro escritor que me influyó pero que no conocí, lamentablemente: Felisberto Hernández, ese gran uruguayo desconocido. Tuve el proyecto, cuando murió, de hacer un libro sobre él siguiendo las huellas no de sus pasos, sino de los de las seis esposas que compartieron su vida. Una idea linda: reconstruir a alguien a través de seis voces femeninas que lo evocaban como amante, como marido, como compañero, como tipo insoportable o querible. Pero comprendí que me iba a meter en un gran lío.

–¿Por qué?
–Porque él, en realidad, había vivido de las seis: Felisberto no había trabajado nunca. Amaba el piano, daba muchos conciertos, pero siempre se escapaba por la ventana porque lo recaudado no le alcanzaba para pagar el hotel. No le gustaba nada trabajar, y las mujeres lo mantenían. Lo lloraron todas alrededor del ataúd. Eso es una hazaña universal, además de las que cometió como escritor. Le pasaron cosas demasiados locas para meter en una narración.

–Una, nada más...
–Uno de sus seis matrimonios fue con una señora española, costurera. Cuando volvieron a Montevideo de España, consiguió un programa de radio financiado por la embajada de Estados Unidos para hablar mal del comunismo. Claro, le habían dicho que si venía el comunismo lo iban a obligar a trabajar. En ese programa se dedicaba a echar mierda al comunismo y a decir que era una sociedad de hormigas que aniquilaba el alma humana y la creatividad. Él se juntaba en su casa a discutir el programa con algunos amigos, y cuando llegaba la señora saludaba y se iba a coser al altillo. Con los años, se supo que esa mujer era la que dirigía la KGB para toda América del Sur. Y adentro de las máquinas de coser tenía unos aparatos de transmisión tremendos que no enviaban ningún reporte, por supuesto, del anticomunista profesional con el que se había casado.

–Vayamos a Los hijos de los días. Leyéndolo, y leyendo fundamentalmente el día 3 de septiembre, armé una hipótesis sobre el génesis del libro que usted, como hacedor de la cosa, puede destrozar a gusto. Ése es el día de su nacimiento, en 1940. Supongo que para un cumpleaños le regalaron el diario ABC de España del 3 de septiembre de 1940, y allí vio una foto de Franco sonriente ante las victorias nazis en Europa.
–Está bueno ese origen, pero no fue así. Para el 3 de septiembre yo escribí un texto que no es el que salió en el libro porque era demasiado autorreferencial.

–¿Qué decía?
–Me da cierta vergüenza contarlo. Hacía un retrato del mundo en ese momento, las tropas nazis avanzando y devorando el mapa de Europa, país por país. Y al final decía: “El mundo no esperaba nada bueno, entonces nací”.

–Bueno, ahora, el verdadero génesis...
–El libro nació en 1966 en Guatemala. Estaba escribiendo un libro sobre ese país como el primer laboratorio de la guerra sucia en América latina. Ahí, los Estados Unidos ensayaron lo que habían aprendido, realizado y usado en Vietnam. Yo estaba metido con las guerrillas en la montaña y clandestino en la ciudad, un período difícil. Muchos de los guerrilleros, que eran indios mayas, me contaron sus historias y yo las anotaba y las guardaba para que no interfirieran con mi proyecto central que era la denuncia de lo que iba a ocurrir y ocurrió. Allí aprendí que la cultura maya habla del tiempo como fundador del espacio. Algo que después diría Einstein, que probablemente era maya sin saberlo. La idea del tiempo fundador del espacio me apasionó. Tomaba apuntes y anoté eso que sirve de umbral al libro: “Y los días se echaron a caminar. Y ellos, los días, nos hicieron. Y así fuimos nacidos nosotros, los hijos de los días, los averiguadores, los buscadores de la vida”. Quedó ahí, guardadito, pero iba creciendo dentro de mí. Y un día dije por qué no hacer un libro que sea un calendario, el mío y el de la gente con la que vivo. Tomé ese disparador para hablar del tiempo desde mi tiempo, del modo que estoy acostumbrado a vivirlo y en cierto modo a medirlo, aunque sea una aventura imposible. Entonces, se me ocurrió hacer un libro que contara historias muy diversas pero que cada una naciera de un día, lo cual no tenía nada de raro porque si al fin y al cabo era verdad que nosotros somos hijos de los días era muy normal que cada día tuviera una historia para contar. Estamos hechos de historia, aunque me dijeron que estamos hechos de átomos. A partir de ese momento se me ocurrió una estructura de calendario y empezaron a llover las historias y a caer exactamente en los lugares donde debían caer, porque cuando hay una estructura sólida montada como proyecto para escribir, después es cuestión de sentarse a ver como los ladrillitos son tan amables que se van colocando donde deben.

–Desde aquel momento en Guatemala hasta la edición del libro, en el medio publicó El libro de los abrazos, Memorias del fuego, Espejos, tantos otros. ¿Qué ladrillitos iba seleccionando para que fueran Los hijos de los días?
–No lo podría explicar porque era algo que ocurría. Yo camino las ideas; ése es el privilegio que tenemos los montevideanos: vivir en una ciudad caminable. Puedo pasarme horas caminando siempre a la orilla del agua y las palabras caminan dentro de mí y van creciendo. Ese caminar influyó mucho sobre mi modo de escribir.

–Así se entiende por qué leer sus libros es leer Uruguay...
–La ventaja que tiene este país, es que es muy abierto y eso hace que yo mismo tenga una cultura muy diversa dentro de mí, sobre todo por mis andares latinoamericanos que fueron los que más me marcaron. Pero después hay un redescubrimiento del mundo en el que siento que se me abrió el corazón y se me amplió la razón. Esto de que nada de lo que ocurre en el mundo me es ajeno. Eso me multiplicó los mapas y los tiempos y me dio la capacidad de locura necesaria para meterme con cualquier tiempo del mundo y con cualquier mapa. Eran cosas que yo vivía o leía o me las contaban. Escuchaba y pensaba cómo lograr que esa baldosita que había nacido dentro de mí haber se entendiera con otras baldositas para formar el mosaico. Los libros son eso: mosaicos de pequeñas baldositas.

–Voces de muchos que usted galeaniza mientras camina Montevideo...
–Pero poniéndome en un segundo plano, como alguien que escucha y transmite. Muestro e intento abrir oídos de lectores para ofrecerles voces que no conocen o que valdría la pena que conocieran. Claro que no es una antología de toda esa gente, son textos míos donde cuento cosas que le han pasado a otros y me parecen dignas de ser contadas. Estoy allí, y supongo que es por la identidad que uno siente con las cosas que más lo golpean o que más hondamente le llegan. Es el modo de saludarse de los indígenas mayas, justamente, que cuando se cruzan se dicen “yo soy tú y tú eres yo”. Uno es el resultado de las muchas cosas que va aprendiendo a lo largo del camino y también de todo lo que va rechazando. Es el legítimo derecho a incorporar y también el legítimo derecho a decir esto no es lo mío, no me gusta, yo no quiero vivir así. Yo no quiero vivir para ser más que los otros o para tener más que los otros como enseñan las reglas actuales, esas consignas bobas de los valores del mercado que son el precio de cada persona y el precio de cada país. Lo está viviendo Europa. Acabo de leer una estadística que dice que los suicidios en Grecia en el último año crecieron un 40%. Eso revela hasta dónde es trágico el programa único de gobierno al que estamos sometidos los habitantes de este planeta que ahora está en manos de los magos de las finanzas, de gente que nos enseña a vivir para morir y a no compartir la vida. Pocas veces el mundo ha sido sometido a un sistema tan universal. Ahora es el imperio global de las altas finanzas que gobiernan el mundo y que te enseñan a ser mercancía y a tratar a los demás como mercancía.

–Además, hasta no hace mucho, Europa era intocable. Para eso estaban Asia, África, América. Ahora, ellos mismos empezaron a caer.
–Están envenenando todo, el aire, el agua, la tierra y el alma. No sé a qué planeta se piensan ir los que mandan, los amos del mundo. No hay que someterse a esta especie de dictadura universal del miedo que es la que estamos padeciendo, ese miedo visible a veces y a veces invisible. Vivimos bajo un sistema universal de poder que quiere convencernos de que el prójimo es nuestro enemigo, que el otro no es nunca una promesa sino una amenaza. Los medios de comunicación, que mucho han contribuido a esto, tienen un poder de irradiación impresionante o que se nota más que antes. Y enseñan el miedo, enseñan que hay que desconfiar todo el tiempo. Éste es un mundo inseguro, pero no como lo pintan los medios, sino porque el propio sistema trabaja para multiplicar la inseguridad y para generarla. El sistema genera miedo: miedos que nacen de la propia dinámica del sistema en el cual el ser humano ha desaparecido como factor. Sólo servimos como numeritos, cuántos somos, cuántos quedamos, a cuántos van a comprar, cuántos van a quedar afuera. No es un mundo muy cautivante, muy estimulante éste que estamos habitando, pero no es el único mundo posible. Hay muchos munditos que están queriendo nacer en la barriga del mundo que padecemos.